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Una mandarina demasiado grande no sirve porque deben venir muchas en un kilo. Una zanahoria deforme se desecha porque no tiene la apariencia que se espera de ella. Un calabacín con un golpe se descarta, aunque su sabor está intacto. Una cantidad indecente de comida se tira por criterios estéticos. ¿Puede producirse en serie algo natural? ¿Debe considerarse un error o un antídoto a la belleza convencional y aburrida?

Francia es el primer país del mundo que ha prohibido tirar o destruir la comida. A raíz de esta noticia, descubrimos una verdad vergonzosa: se calcula que un tercio de la comida que se produce se tira. También se estima que con la mitad de la comida que se tira se alimentaría a todas las personas que pasan hambre en el mundo. Se tira comida en todos los pasos de la cadena, desde el huerto hasta los hogares, y por muchos motivos. Sin embargo, el más llamativo es: por criterios estéticos.

Existen cánones de belleza que determinan si las piezas son aptas para el consumo. En la fase final incluso se “maquilla” cada unidad para lograr el aspecto deseado. Como consecuencia y sin darnos cuenta hemos asimilado una belleza como natural cuando en realidad no lo es: no todos los tomates son igual de rojos ni todas las zanahorias son regulares ni todas las mandarinas tienen el mismo diámetro.



Las imperfectas verduras, fotografía de Ampi Aristu


La Imperfecta belleza empieza por ser un punto de encuentro entre personas con una sensibilidad común: coloquios, exposiciones, publicaciones y cenas íntegramente con productos recuperados e imperfectos. Aunque nuestra intención es que crezca. El objetivo es dar visibilidad a una verdad, despertar consciencias y replantear nuestros hábitos de consumo. La suma de pequeños actos es capaz de provocar un cambio.

 


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